Unos días después de concluir la fiesta del trumpismo en la que el presidente se permitió ofrecer 5.000 dólares a cambio de la victoria en noviembre, en lo que supone una evidente forma de comprar votos, un informe de la Oficina del Inspector General del Departamento de Seguridad Nacional constata las torturas en Alligator Alcatraz, que en lugar de ser un centro de detención temporal de inmigrantes, se constituyó en un lugar de castigo y tortura, en el que, además, se forzaba a los migrantes a ser recluidos en jaulas individuales como castigo. Aquel centro se levantó como espectáculo de sus crueldades, y por eso lo llamaron Alligator Alcatraz, fantaseando con caimanes acechando a los migrantes. El propio Donald Trump visitó el centro antes de su inauguración hace un año, y se presentó como un ejemplo de lo que había que hacer y de la cooperación entre el Gobierno federal y los estados, en este caso de Florida, en materia de represión migratoria en EEUU. Pero el centro fue demasiado lejos hasta para algunos en la propia Administración Trump, y un informe de la Oficina del Inspector General del Departamento de Seguridad Nacional concluye que el centro no cumplía con las normas de salud y seguridad ambiental; con las normas médicas; las normas de servicio de alimentos; las de higiene personal y las de recreo. Es decir, no cumplía con nada. El centro ha terminado siendo clausurado a finales de junio, pero nadie ha rendido cuentas por ello. Al revés, el concepto de la represión de la migración y del avance del autoritarismo siguen siendo fundamentales en los EEUU de Donald Trump. Este mismo fin de semana, el zar de la migración de Trump, Tom Homan, confirmaba que hay un proceso abierto contra la congresista demócrata Ilhan Omar, de origen somalí y una de las personas más odiadas por el presidente de EEUU, para intentar expulsarla del país por supuesto fraude migratorio: esto es lo que ocurre cuando el Gobierno del país más potente del mundo te tiene en el punto de mira. El enemigo interno está presente en el día a día del trumpismo. En Dallas se veía claramente: el candidato demócrata por Michigan Abdul El Sayed era sistemáticamente insultado, por socialista y musulmán; el texano James Talarico, por encarnar una Texas diferente a la que mostraban los viejos anuncios de Winston; y por supuesto los progresistas Zohran Mamdani y Alexandria Ocasio-Cortez. El mensaje era burdo: el Partido Demócrata ha sido abducido por el comunismo y el islamismo, como decía el senador Ted Cruz, una de las personas más entregadas a Israel, junto con el senador supuestamente demócrata John Fetterman. Pero no es verdad, ni los progresistas estadounidenses son comunistas ni habrá ningún cargo institucional comunista, y, aunque lo hubiera, poco margen de maniobra iba a tener para socializar los medios de producción, como se está evidenciando en la alcaldía de Nueva York, cuyos principales objetivos programáticos pasan por poner un tope al alquiler, abrir un puñado de supermercados públicos, avanzar en la gratuidad de los autobuses y en la de las escuelas infantiles. Pero a las personas que no les importa que Trump mienta con algo tan irrelevante como el aforo de un estadio, poco les importa la brocha gorda sobre la oposición. Y, menos aún, si las personas a las que aplauden meten en jaulas de 1,7 metros cuadrados a otro ser humano solo por venir de otro país, que es lo que llevan haciendo siglos los antepasados de los estadounidenses. Incluso los de los presentes en el auditorio de Dallas, en tanto que Texas es frontera con México. Y no solo hacen eso: criminalizan al rival político, abren investigaciones contra activistas, persiguen la disidencia, insultan a periodistas, niegan los riesgos de la inteligencia artificial, desprecian el cambio climático, interfieren en los procesos electorales de todos los países en los que pueden hacerlo, amparan el genocidio israelí en Palestina, no rinden cuentas por asesinar a dos centenares de niñas en una escuela en Irán, acechan a cargos públicos por motivaciones políticas, arremeten contra los jueces del Supremo y afirman estar cumpliendo una misión divina –como los Blues Brothers–. Y, así, los discursos incendiarios de Dallas se traducen en políticas tangibles, como las que llevan a encerrar en jaulas metálicas de unos 1,7 m² a seres humanos durante casi dos horas sin que pase nada. Y ya con esto lo dejo por hoy. Muchas gracias por estar ahí y hasta la próxima semana. Un saludo. Andrés |