3 DE JUNIO DE 2026
Hola, Ramón.Una de las cosas más valiosas de mi trabajo en elDiario.es es la realización profesional en una comunión con nuestras banderas editoriales. Hace poco más de un año que me mudé a Washington DC como primer corresponsal de nuestro medio en Estados Unidos. Y también he tenido la suerte de venir a La Habana, hace una semana, para contar de primera mano la situación cubana en un momento excepcional, de recrudecimiento del bloqueo y de asfixia energética por parte del presidente de EEUU, Donald Trump. Es, coinciden académicos, economistas, funcionarios y ciudadanos de a pie, el periodo más difícil que ha vivido Cuba desde el triunfo de la Revolución en 1959.
Uno de los asuntos fundamentales que nos planteamos en elDiario.es desde el primer día es intentar aportar una mirada propia a la información, libre de intereses económicos y de condicionantes ajenos a nuestros principios editoriales.
Y pocos temas exigen tanto ese esfuerzo como Cuba, un país que despierta pasiones, prejuicios y debates que a menudo impiden comprender su complejidad.
"En Cuba vivimos en estado de schock", me decía alguien estos días. Cuba no es un país cualquiera. Cuba es un símbolo revolucionario de la emancipación contra el colonialismo y el imperialismo estadounidense. Eso es algo que es difícil de percibir en Europa, entre otras cosas porque los países europeos también han sido imperialistas y genocidas con sus colonias.
Por otro lado, es cierto que Cuba también despierta controversia en España por su sistema de partido único y de planificación económica socialista. Pero no es sencillo de abordar y, cuando vienes aquí por primera vez, como me ocurre a mí, en un momento tan excepcional de su historia, cada vez que te sientas frente al ordenador a escribir lo que has vivido ese día, se funden inevitablemente las vivencias con la mochila personal y política que cada uno carga. Más aún en mi caso, porque me resulta imposible observar lo que veo sin filtrarlo a través de la realidad de un bloqueo impuesto por Estados Unidos desde hace más de seis décadas, de las recientes amenazas militares y del recrudecimiento del que he venido informando durante este último año desde Washington.
Yo siempre quise venir a conocer Cuba, pero no ha podido ser hasta este momento, de los más complicados para la isla. Es verdad que La Habana no es la isla, como me han dicho muchos amigos y fuentes, en tanto que La Habana siempre está mejor que el interior del país. Pero también es verdad que simples paseos por La Habana resultan desgarradores.
La víspera de venir a La Habana, una amiga de Washington DC me dijo: “Prepárate, la situación es muy triste”. Y tenía razón. Es tristísima. Imposible estar preparado. Yo estoy ya fundido emocionalmente por ver montones de basura acumulada en las calles porque el bloqueo petrolero de Trump imposibilita que haya combustible para recogerla. Y eso son malos olores, focos de enfermedades cuando estás a más de 30ºC en la calle, y también son lugares en los que personas se acercan a rebuscar si hay algo rescatable en esos restos.
Y eso pasa en casi todos los barrios. Mi hotel, uno de los últimos construidos por el grupo empresarial del Ejército puesto en el disparadero por EEUU, GAESA, se encuentra en el barrio del Vedado. Un barrio en el que a menudo se corta la luz, que da al malecón, donde antaño se juntaban los ciudadanos de La Habana.
Hoy, sin embargo, queda poco de aquella imagen: los cortes de luz por falta de combustible duran a veces más de 20 horas, no hay casi vehículos circulando por la ciudad, más allá de los taxis y los eléctricos, y la sensación es que todo el mundo está en modo reposo. Es como si la falta de energía eléctrica también se hubiera traducido en falta de energía humana.
Bien es verdad que la gente tiene dificultades para dormir: la falta de corriente hace que no funcionen los ventiladores, o que la luz llegue de madrugada y haya que levantarse para cocinar para el día siguiente: la alternativa es cocinar con carbón o leña, algo cada vez más habitual en Cuba.
Personas con las que he hablado afirman que la crisis cubana es previa a la vuelta de tuerca de las sanciones trumpistas, que hace un puñado de años podrían haber decidido construir menos hoteles, que a día de hoy, además, están vacíos por la ausencia de turismo, para dedicar recursos a la soberanía alimentaria, energética y a blindar los pilares de la Revolución: la sanidad y la educación.
Pero también hay quien dice que la coyuntura del Gobierno cubano es endiablada, caracterizada por gestionar crisis tras crisis, cada una peor que la anterior: después de la distensión con Barack Obama, llegó el desmantelamiento de buena parte de esa política de acercamiento durante el primer mandato de Trump; después vino la pandemia y, más tarde, un Joe Biden que no cambió una sola coma de la política de sanciones heredada de Trump hasta una semana antes de dejar el cargo. Después de eso, llegó la segunda presidencia de Trump, hablando directamente de “tomar Cuba” y lanzando una imputación contra Raúl Castro por un asunto de hace tres décadas y de forma bastante retorcida.
En Estados Unidos son muchos los que contemplan como una posibilidad real, e incluso inminente, una acción militar contra Cuba. En Cuba, sin embargo, parecen más escépticos, te dicen que el Mundial está a la vuelta de la esquina, que no hay alternativa al Gobierno actual, que el país podría lanzar ataques a Florida y la base de Guantánamo. Es verdad que siempre te encuentras con alguno que te dice que está deseando que lleguen los estadounidenses, pero también es verdad que te encuentras con mucha gente dispuesta a defender su país ante el invasor. No en vano, murieron 32 cubanos en el ataque a Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro por parte de EEUU.
"Esto no es Venezuela", te dicen muchos, decepcionados por el Gobierno tutelado de Delcy Rodríguez, que no ha enviado una gota de petróleo en seis meses y que ha expulsado a las brigadas médicas de su país, donde llevaban lustros cooperando.
Pero hay una cuestión que aparece una y otra vez en las conversaciones con los cubanos estos días: la incertidumbre. ¿Qué va a pasar? ¿Vendrán los estadounidenses? ¿Está negociando el Gobierno cubano? ¿Qué conceptos? ¿Hay margen para un acuerdo?
Un amigo español que vive y trabaja en Cuba, me decía el otro día: "Esto se trata del gran reemplazo, de echar a los europeos para que EEUU se quede con sus empresas". Y, de momento, eso está pasando. Una amiga apostillaba: "Lo que quieren es que el hotel Habana Libre vuelva a llamarse Habana Hilton".
Lo cierto es que está habiendo presiones para salir del país. y que hay empresas de todos los países que lo están haciendo. Pero no es una cosa solo de hoteles. La minera canadiense Sherritt International Corp. ha firmado un acuerdo con Gillon Capital LLC, una sociedad vinculada a un exasesor de Trump, Ray Washburne, que permitiría a Gillon adquirir una participación mayoritaria en la empresa mientras esta afronta las sanciones impuestas a sus operaciones en Cuba.
Pero no solo eso, EEUU, el país que se negó a facilitar respiradores, oxígeno y jeringuillas a Cuba en lo peor de la pandemia, también impide que Cuba compre piezas para su termoeléctrica averiada, o que pueda acceder al crédito de instituciones internacionales como el FMI o Banco Mundial, bloquea las cuentas de residentes en Cuba que hagan pagos fuera de la isla a través de los bancos incluso.
Todo, desde alimentar una bomba de agua en un edificio para que se puedan lavar las familias, hasta tener combustible para cultivar los campos, o corriente para que no se caiga la conectividad de los móviles, es una carga que se vive de forma cotidiana.
Es verdad que te encuentras gente que anhela la invasión estadounidense. Me pasó con una mujer este lunes, camino de una visita a un hospital pediátrico en la que los médicos te cuentan que llegan al trabajo a primera hora de la mañana sin combustible para moverse y, a lo mejor, sin haber pegado ojo porque no les funcionaba el ventilador y entraban muchos mosquitos en la habitación, con el riesgo que eso hay ya en este país de contagiarse de enfermedades a través de los insectos.
También hay críticos al Gobierno desde dentro del sistema que reprochan al Gobierno la falta de un plan para lo que está por venir. Pero, en el fondo, el destino de Cuba está en buena parte en Washington DC: si el bloqueo y las sanciones se endurecen más o se relajan; si la Administración Trump renuncia a la aniquilación del sistema cubano o no; si decide una operación militar como el secuestro de Maduro, o si acaso le basta con instalar sus hoteles en los huecos que dejan las empresas europeas y canadienses.
Asimismo, es llamativa la paz social en Cuba. En países como Argentina, Francia o Grecia, por ejemplo, cinco meses de cortes de luz habrían desatado grandes revueltas. Pero, de momento, eso no pasa con Cuba. Hay quien dice que tiene que ver con las condenas tras las protestas del 11 de julio de 2021, también hay quien dice que el Gobierno goza de gran apoyo y recuerdan las movilizaciones del Primero de Mayo o las colas para despedir a los 32 soldados muertos por el ataque estadounidense a Caracas el 3 de enero pasado.
En Cuba he podido visitar hospitales, y te cuentan las dificultades de llegar al trabajo de los sanitarios, mientras los pacientes tienen que operarse en un quirófano sin climatización si hay cortes de luz, o cómo tienen que racionar las medicinas por las dificultades para comprarlas, o cómo tienen que subir a los enfermos por las escaleras cuando se va la luz.
¿Hasta dónde llegaba la responsabilidad del Gobierno y hasta dónde de las sanciones del bloqueo? Esa es una pregunta recurrente en los últimos tiempos. El problema, sin embargo, es que ahora las sanciones y el bloqueo de combustible son tan duras que afectan a los más vulnerables, desde los recién nacidos –pasando de 4 muertes por cada 1.000 nacidos en 2018 a 9,9 por cada 1.000 en 2025, según datos del Ministerio de Salud Pública– hasta los enfermos de cáncer, de hemodiálisis o incluso el enterramiento de muertos por no tener gasolina para el coche fúnebre.
Muchos miran al Gobierno cubano, lo tienen más cerca, y le piden cuentas por reformas económicas pendientes, o le piden un mayor liderazgo político, un plan de hacia dónde va el país. Otros te dicen que el Gobierno cubano sólo gestiona crisis y con escasos recursos, y aquí así es muy difícil gobernar. ¿Cómo juzgaríamos la gestión de cualquier gobierno si dirige un país sin combustible, sin poder comprar repuestos para sus equipos médicos, sin poder acceder a los mercados internacionales y tener el comercio limitado por la amenaza de sanciones a terceros?
Otro asunto recurrente es el de la pluralidad partidista del sistema político. ¿Puede ser un horizonte al que camine Cuba para quitarse de encima la presión de EEUU? No sabemos qué está pidiendo concretamente EEUU a Cuba, pero el objetivo político último de personas como Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU, pasa por el fin de la Revolución cubana. Cuba, de momento, no está cediendo y sus señales son las de no ceder. EEUU, de momento, no deja de incrementar la presión. ¿Qué pasará? Es difícil hacer pronósticos, a corto plazo todo empeorará por la canícula veraniega que será durísima sin corriente eléctrica, y en Cuba históricamente las protestas se han dado en julio y agosto. ¿Habrá protestas este año? ¿Hasta dónde llegarán? ¿Cómo lidiará el Gobierno con la disidencia?
Las incógnitas son múltiples. En todo caso, aquí estaremos para contar cómo se van despejando.
Y ya con esto lo dejo por hoy.
Muchas gracias por estar ahí y hasta la próxima semana.
Un saludo.
Andrés




























